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lunes, 22 de diciembre de 2008

Sexo y Cultura en Tailandia


CHIANG MAI, TAILANDIA: SEXO, DILEMAS Y CULTURAS



Hace unas semanas surcando los mares de Internet me topé con un Blog de viajes, que hablaba sobre Tailandia, concretamente sobre Chiang Mai.
He de reconocer que las aventuras de su protagonista en el Norte de Tailandia me engancharon y sobrepasé con creces mi record de 5 minutos leyendo un mismo Blog.

Hubo una de las entradas que me pareció especialmente interesante y acertada, por la cantidad de información que dejaba entrever sobre la sociedad tailandesa y las relaciones hombre-mujer desde el punto de vista jerárquico. Me gustó hasta tal punto, que decidí ponerme en contacto con él, y Témoris ( www.temoris.org ) se ofreció muy amablemente a prestarme su "Post" para publicarlo en Thaidreams.

Quien conoce realmente Tailandia y a sus gentes, sabe que la prostitución existe en este País, al igual que existe en casi todos los países, entre ellos el España, pero que ni es algo generalizado, ni tiene porqué cruzarse en el camino de nadie que no lo vaya buscando, igual que ocurre en cualquier ciudad europea.
Desgraciadamente aún encuentro gente que piensa que en Tailandia todo es prostitución, y que interpreta la tímida sonrisa de una guapa tailandesa como una proposición sexual. Muchos se llevarán a su País un souvenir inesperado: la mano de la chica marcada en su mejilla ...


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DÍA 338. CHIANG MAI, TAILANDIA: SEXO, DILEMAS Y CULTURAS
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1.- Amor del shopping
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El tema del sexo en Tailandia es un problema complejo para el país. Por un lado, es una sociedad tradicional en donde se valora que la virginidad se conserve hasta el matrimonio. Por el otro, es uno de los grandes centros mundiales del turismo sexual y sus antros y burdeles están sobrepoblados de prostitutas. Por en medio, conseguirse un novio farang (occidental) es la manera en que cientos de miles de chicas financian sus estudios o el paso a un mejor nivel de vida.


En Khao San road, una zona densamente turística de Bangkok, se ven situaciones grotescas. Hombres europeos de 50 a 80 años caminan por la calle con jovencitas tais de 18. Por lo general, estos hombres tienen roja nariz de beodo y un aspecto que hace sospechar que en sus países nunca entraron en las listas de los físicamente atractivos, mientras que las muchachas son muy hermosas, con caritas infantiles. Por sus características étnicas, ellas suelen tener cuerpos de formas bonitas pero muy delgados, y de baja estatura (1.55, 1.50, 1.40 y menos), por lo que parecen mucho más jóvenes de lo que son, en tanto que los varones nórdicos sobrepasan fácilmente el 1.85 y en sus panzas podrían albergar varios barriles de cerveza, o a la nena con dos de sus amigas. El resultado es que la parejita que va de la mano parece la de una bestia antediluviana de 200 kilos con una dulce bella de doce años.


La relación puede tener un aspecto superficial sincero, pero es obviamente comercial, tanto por las tradiciones tais como por las actitudes occidentales. En un post anterior expliqué que la sociedad tai es muy jerárquica: los de abajo les deben respeto a los de arriba, los de arriba patrocinan a los de abajo. ¿Quiénes están abajo? Los más jóvenes, los estudiantes, los que tienen menos dinero, las mujeres. ¿Y arriba? Los mayores, los maestros, los que tienen plata y los hombres. Las chicas tais reúnen todos los calificativos de los de abajo y los viejos farangs los de arriba (excepto el de maestros). En consecuencia, de manera natural se espera que el farang se haga cargo de los gastos de la novia tai, que le haga regalos (y a los tais les fascina ir de shopping) y de paso también le dé algún apoyo a la familia. En esta cultura, el concepto del amor es diferente: no se demuestra con cariños y detalles, sino haciendo gastos.


A los farangs les sale barato. Muchos de ellos son plomeros o electricistas en Gran Bretaña, Suecia o Alemania, con sueldos de dos o tres mil euros mensuales, y envían cada día primero 300 euritos para mantener a la novia tai (con depa) a la que visitan dos veces por año, cargados de joyas. Saben que están comprando su amor. Están contentos así.


Hasta que algo falla. El farang se confundió y pensó que era amor incondicional, abandonó su gélido país, se fue a vivir a Tailandia, sus ingresos cayeron y la chica perdió interés. O a la tai, que sabe que su novio viene cada abril y octubre, le entró el sentido empresarial y decidió conseguirse ingresos extra con otros farangs que la visiten en febrero y agosto, y en junio y diciembre, ¿por qué no?


Entonces los farangs sufren y sufren, no entienden por qué no valoran el amor las tais a las que han estado comprando. Y también ellas sufren cuando la iguala mensual falta, o si el farang llegó sin regalos o no quiso comprarles el relojito caro, ¿es que ha dejado de amarlas?


2- Incomprensión pagada


El 70% de los estudiantes universitarios en Tailandia son chicas. Mujeres que se incorporan al mercado de trabajo a ganar dinero y que corren el peligro de desencajar del esquema jerárquico en el que las mujeres están abajo de los hombres. Para ellas es un peligro porque, ya que superan por más de dos a uno a los egresados masculinos, les resulta cada vez más difícil hallar maridos que tengan mayores ingresos y mejor educación que ellas, como la sociedad tai considera apropiado.


A menos que tengan mucha suerte, los farangs que ven no les resultan satisfactorios: por lo general los occidentales que buscan relaciones aquí son los que tienen poco rating en sus propios países, tienen bajo nivel educativo y además no están dispuestos a hacer el largo recorrido entre el momento en que las conocen y el de irse a la cama juntos, lo que con frecuencia incluye un compromiso matrimonial.


Las mujeres tais educadas quedan, pues, fuera del alcance de la mayoría de estos farangs. Y ellos encuentran más sencillo adquirir una joven pobre y poco educada en la que no tengan que invertir mucho dinero y esfuerzo. El resultado común son relaciones vacías basadas en el intercambio material de sexo y plata. Por falta de capacidad y/o interés, las parejas no hacen esfuerzos por entenderse mutuamente (para superar las barreras culturales) y se encierran en burbujas separadas, en las que ellos sólo ven en ellas un atractivo bulto con el cual pasear y tener sexo, y las tais no encuentran en los farangs más que un instrumento financiero.


Hace unos meses, cuando viajaba con la francesa Marie, tuve un ejemplo de ello. Nos reunimos para cenar con Norbert, un galo de algo menos de 50 años, tres compatriotas suyos y las respectivas novias tais. Marie y yo estábamos al centro. Ella me traducía al italiano, ellos me hacían corteses comentarios en inglés, pero la conversación se hacía fundamentalmente en francés, sin hacer el menor gesto hacia las cuatro chicas tais, que estaban aburridas en cada extremo de la mesa, como orientadas a los cuatro rincones cardinales, y que no entendían el caso de habérselas arreglado para aprender inglés a pesar de su pobreza, para ligarse farangs que hablan en otro extraño idioma occidental y que no les conceden valor ni tan siquiera para hablar en inglés, aunque sea por educación.


Pero siguen con ellos porque al menos cumplen con el compromiso económico, y eso es lo principal.


3- La visión del otro


La intensa, masiva relación entre hombres farangs y chicas tais genera tensiones en otros niveles. Son escasísimas las parejas de hombres tais con mujeres occidentales. Como es natural, muchos tais no están muy contentos con ello.


A ellos les gustan ellas, como se hace evidente por la forma en que las miran y les hablan por la calle. Son ellas las que no quieren. He preguntado las razones, y más allá de las diferencias culturales (una occidental con educación e ingresos propios no se ajusta con tanta facilidad a quedar jerárquicamente debajo de su pareja tai), rescaté lo siguiente:


El tamaño importa. Los tais son delgados y pequeños. A los hombres occidentales les da morbo llevarse a la cama a una pequeñita mujer tai, pero aunque les parecen guapos, a algunas farangs no les resulta particularmente atractivo acostarse con alguien que mide diez centímetros menos que ellas y tiene sólo tres cuartas partes de su peso.


La feminidad de los hombres. Andy, mi amigo gay, sostiene que en Occidente es capaz de determinar de inmediato si un hombre es homo o bi, pero aquí mete la pata una y otra vez. Esbeltos y pequeños, muchos hombres tais parecen algo femeninos en su aspecto y modales.


Pueden ser femeninos, pero borrachos y de a montón no les falta valor. No faltan historias de farangs golpeados por ligar con tais.


Claro que la descripción que he hecho se refiere a sectores limitados de la sociedad tai y resulta injusto para los muchos tais de ambos géneros que son amables, respetuosos y bien intencionados; para las mujeres farangs que encuentran muy atractivos a los hombres locales (y para ellos); así como para las parejas inter-culturales que funcionan bien.


Este post pretende observar algunos vicios y puntos flacos de la relación entre occidentales y orientales en este país, donde ambos mundos se mezclan. Tal vez el origen del problema está en la manera en que Tailandia se abrió al turismo mundial: durante la guerra de Vietnam, el ejército de Estados Unidos mandaba a sus soldados a descansar aquí. Sus muchachos llegaban de la selva con temperaturas mayores que la del casquillo de una bala recién disparada. Esto creó un súper boom en la industria de la prostitución (ya platiqué en un post anterior que mi amigo Tapi se convirtió en símbolo sexual de las pros de Chiang Mai cuando se cortó el pelo al estilo militar) y le dio el carácter sexual al turismo en Tailandia.


El país ofrece mucho más, no obstante, en términos de cultura, de bellezas naturales y de actividades deportivas. El gobierno y mucha gente se están esforzando por elevar este perfil y mejorar la imagen del país, que lo merece. Ojalá este fuera el detonador de un cambio de fondo que permita un intercambio cultural más sano y relaciones amorosas más igualitarias y satisfactorias para las parejas.


Témoris, 30 de Marzo de 2006 "

http://www.travelblog.org/Asia/Thailand/Chiang-Mai-Province/Chiang-Mai/blog-63727.html

martes, 6 de mayo de 2008

Los japoneses, esos "pequeños" desconocidos...

LOS JAPONESES Y EL SEXO - Texto de Tiburcio Samsa extraido de su blog: http://asiabudayrollitosprimavera.blogspot.com/


El que inventó el adjetivo “morboso” seguramente estaba pensando en la relación que los japoneses tienen con el sexo.

De que son un poco raritos, me di cuenta por primera vez un día que coincidí con un japonés en un barco. Cuando se enteró que yo venía de Bangkok, me preguntó: “¿Cuánto… una mujer… en Bangkok?” Aún no sé si las pausas eran porque su inglés era muy malo o porque tuvo un orgasmo al pronunciar la palabra “mujer”. Con gran entusiasmo y mal inglés me explicó cómo eran las cosas en Tokio. Llegué a enterarme de que por 80 dólares tienes derecho a media hora de… ¿qué te corten el pelo? ¿qué te toquen los huevos? No había manera de entenderlo. Si era lo del corte de pelo, me parece muy caro. Si era lo de los huevos, he tenido muchos jefes que me los han tocado y no sólo no he tenido que pagar, sino que he recibido dinero en la operación. En fin, creo que nunca me enteraré de lo que ocurre en Tokio a los varones que disponen de 80 dólares y media hora de tiempo.

Más tarde he ido descubriendo otros detalles que me han confirmado en la idea de que son algo raritos en lo relativo a la bragueta. No hay más que ver cómo en todas las series animadas japonesas siempre aparece alguna colegiala minifaldera, exhibiendo piernas largas y esbeltas, es decir, el tipo de piernas que no se ven en Japón. En Tokio hay burdeles que son como parques temáticos del sexo. El cliente va y quiere tener una fantasía en la que la azafata de un avión le acosa sexualmente, pues bien, se le lleva a un decorado y por un precio parecido al de un billete de avión Tokio-Paris, puede escenificar su fantasía. Y ya, en el colmo, allí donde el fetichismo y la falta de higiene se entremezclan, hay mercados en los que se puede comprar ropa interior de adolescentes de segunda mano a precios de lencería parisina de la fina y de primera mano.

También la literatura japonesa tiene ejemplos morbosos que no creo que tenga ninguna otra literatura. Por empezar suave, en “Diario de un viejo loco” de Junichiro Tanizaki, tenemos la historia de Utsugi, un septuagenario al que le atrae su nuera. Me corrijo, no es que le atraiga, es que le pone cachondísimo. Hay algunas escenas en las que él ve cómo su nuera se ducha y a través de las cortinillas a veces tiene visiones fugaces de un hombro o un tobillo, que están llenas de erotismo. Tal vez, lo más morboso sea su deseo póstumo de que su nuera se impregne de tinta las suelas de los pies y deje su huella marcada en dos papeles chinos. Dice el cachondón Utsugi: “Quiero tener una Piedra con las Huellas de Buda esculpida sobre el modelo de tus pies, Satsu. Cuando muera, mis cenizas descansarán bajo esa piedra. Ése será mi nirvana.” No está mal. Toda la eternidad bajo los pies de la deseada. A ver quién mejora eso.

Lo mejora Ogai Mori (1862-1922), quien en “Vita sexualis” relata los inicios sexuales de un chico que podría ser él mismo. Su descubrimiento ocurre viendo libros de estapas, o sea, el “Play boy” de aquella época. Aunque no fuera lo suyo, también conoce pronto el acoso de un admirador homosexual, que solía invitarle a pasar a su casa al regreso del colegio. Una de las escenas tiene un candor inigualable: “Un día cuando pasé por su casa, descubrí la cama hecha. Su comportamiento fue mucho más molesto de lo que había sido nunca antes (yo habría escogido el adjetivo “alarmante”) (…) Finalmente me dijo: ¡Por favor, métete en la cama y duerme conmigo aunque sólo sea por un segundo!” (Debía de ser eyaculador precoz). A los quince años la madrastra de un compañero intenta seducirlo, tres años más tarde la frustrada seductora es una criadita de catorce años… La sensación final que deja el libro es la de que el autor siente tanto morbo como respeto por el sexo y no deja de retrasar el momento de perder la virginidad.

Pero hete aquí, que viene otra vez Tanizaki a elevar el listón del morbo con “Un retrato de Shunkin”. En él cuenta la historia de la maestra de música Mozuya Koto, alias Shunkin. Shunkin procedía de buena familia y a los ocho años quedó ciega. Su familia la pone a recibir clases de música y coloca a su disposición a un servidor pueblerino, Sasuke, quien desde el inicio la adora. Sasuke entendía que debía cumplir todos los deseos de su señora, lo malo es que los cumplía sin condón y pasó lo que pasó. Sasuke y Shunkin no vivieron como marido y mujer, sino como señora y criado. Los hijos que tuvieron los entregaron a familias para que se ocuparan de ellos, como para que nada rompiera la ficción de que entre ellos dos no había vínculos conyugales. Cuando Shunkin tenía treinta y seis años, una noche un intruso entró en su casa y le echó cera ardiente para desfigurarla. Como Shunkin era una maestra severa, e incluso colérica, la lista de posibles sospechosos es larguísima. Durante su convalecencia Shunkin permaneció en una habitación oscura. Sasuke entendió que no quería que él la viera desfigurada. ¿Qué hacer? ¿Buscar los servicios de un cirujano plástico? ¿Contratar una criada? No olvidemos que Sasuke estaba muy enamorado y era japonés. Cogió una aguja, se perforó los ojos y fue a anunciárselo a su amada, afirmando humildemente que eran cataratas: “¡Señora, yo también me estoy volviendo ciego! Ahora nunca veré su cicatriz mientras viva. Qué suerte que la ceguera me haya llegado en este momento. ¡Debe de ser la voluntad del cielo!” Tanizaki, retorciendo un poco la historia, se pregunta si en el fondo Shunkin no deseaba la ceguera de Sasuke y, conociendo su devoción, no le había incitado a ella. Da lo mismo. Para Sasuke el momento más feliz de su vida fue el silencio de Shunkin que siguió a la noticia.

Yukio Mishima en “Confesiones de una máscara” alcanza nuevas cotas de morbo. En la primera mitad de la novela el protagonista cuenta las cosas que le ponían de niño y si un niño de hoy en día lo contase a sus padres, al día siguiente estaría en el psicoanalista. Por ejemplo, altera una historia de un príncipe que se enfrenta y mata a un dragón, para que termine de esta manera, más grata a sus gustos: “… el dragón masticó al príncipe en pedacitos. Fue casi más de lo que podía resistir, pero el príncipe hizo acopio de todo su valor y soportó la tortura hasta que hubo hecho briznas de él. Entonces, en un instante, se hundió en el pozo y murió.” También le gustaba imaginarse muriendo en una batalla. De adolescente, se enamora de Omi, un chico algo mayor, y el gran momento erótico viene cuando, en una clase de gimnasia, le ve los sobacos llenos de pelo. No especificaba si “cantaban”. Más tarde se masturba en una playa, mientras recuerdo los sobacos de Omi. Y yo que me creía raro porque me ponen las elefantas en celo.

Afortunadamente tenemos a alguien capaz de superar el morbo de Mishima. ¿Quién? Efectivamente, Junichiro Tanizaki. La obra es “La historia secreta del Señor de Musashi”.

La obra arranca con Musashi de adolescente en el castillo del Monte Ojiva, que estaba siendo asediado. Ya que no puede participar en los combates por su edad, una anciana decide compensarle permitiéndole ver cómo se preparan las cabezas de los enemigos caídos para su presentación al comandante del castillo. Tanizaki describe: … el contraste entre las cabezas y las tres mujeres despertó una extraña excitación en él. Comparadas con la palidez de las cabezas sin vida, las manos y dedos de las mujeres parecían extrañamente vitales, blancos y voluptuosos. La experiencia le gusta y a la noche siguiente repite y de nuevo se apoderó de él una ebriedad embriagadora, un éxtasis violento que desgarró su corazón. Esto es fetichismo y lo demás son tonterías. Una de las jóvenes que limpian las cabezas le atrae especialmente a Mushasi quien envidió a la cabeza situada delante de la joven (…) No es simplemente que envidiase a la cabeza porque la joven le estuviese componiendo el cabello, afeitando o mirándola con esa sonrisa cruel; quería que le matasen, que le transformasen en una cabeza con una expresión de agonía, que fuese manipulada por las manos de la joven. En fin, lo que para unos son sueños eróticos, para otros son pesadillas. Los japoneses son un poco raritos.